26 de agosto de 2005

je l'consigne: Disculpas en Francés


Me reuní con mi intermitente amigo Ricardo. Últimamente nos hemos visto bien seguido, creo que no lo vi durante un año, pero ahora está ahí, de vez en cuando me llama, nos juntamos, vamos a ver música en vivo o simplemente a conversar y emborracharnos.

En esta ocasión nos juntamos a escuchar música, sólo eso.

Una vez nos encontramos en verano, hace ya seis meses o más, yo estaba con mi chica de turno, que como todas mis chicas de turno aún me cuesta demasiado olvidar, y me sorprendió descubrir que Ricardo no sólo era ese recuerdo borroso del colegio que aparecía de vez en cuando, junto con un puñado de otros personajes. Ricardo es una suerte de personaje incidental relevante. Personajes, digo, porque los ex−compañeros son una construcción ficticia y sólo accesible cuando abres ese libro de la infancia que cada uno guarda celosamente. Las personas son actuales y simples. Los personajes, eternos y fabulosos.

Ricardo es un personaje con tendencia a la personalidad: quiere ser persona. Fue así que viéndonos conversando, harto más peludos y despeinados que en la etapa colegial, y viéndolo intercambiar bromas con aquella chica que tomaba mi mano por debajo de la mesa y participando también de la conversa con Claudio, otro ex−compañero pero mucho más visible y cercano, me di cuenta que Ricardo no era sólo un recuerdo. Pese a la distancia espacio-temporal, Ricardo sigue siendo mi amigo, como en el colegio. Sólo falta más tiempo para ponernos al día.

Hablo de Ricardo porque él, tanto aquella vez en que nos juntamos en verano como el fin de semana pasado, me contó una historia. Una historia estupenda. Resulta que esa cita con mi amigo de juntarnos sólo a escuchar discos y que demoró un semestre en concretarse, nace en una carpeta, en un estuche. Ricardo adquirió un estuche con más de ochenta discos.

Es mucha música, y lo que es mejor: mucha buena música o, al menos, interesante. La carpeta contenía, sólo para dar algunos ejemplos, a una banda de ska francesa llamada Les 100 gr., un tributo a Mano Negra, discos de Bjork, Pink Floyd en vivo, The Clash en vivo, greatest hits de Briggite Bardot, Charles Aznavour, Serge Gainsbourg, muchos discos de salsa, afro, bossa nova, Lou Reed en vivo y…

Con mi amigo deducimos que la colección de discos evidentemente pertenecía a alguien proveniente de Francia. Alguien que tuvo la osadía de venir a recorrer Chile, mochileando. No puedo quitarme la imagen de aquel francés que conoció Violeta Parra, hace muchos años, y al que le escribió "Run Run se fue pal Norte". Una suerte de outsider fascinado por recorrer el paleolítico Chile, pero que su paso feliz se vería interrumpido por una gran catástrofe. Esta vez no sería la destrucción de un corazón femenino, sino la pérdida de su cuidada discoteca.

Algunos espacios, esas vitrinas de nylon en que se almacenan los discos en el estuche, tenían apuntes –en francés−. Fechas, nombres de mujeres tan franceses como fascinantes, lugares.

No sé cómo pudo haber sido el robo, me atrevo a fantasear con que en una experiencia mística el chico francés estaba tan drogado que un fingido amigo chileno sacó de su bolso sin que nadie notara nada, todos sus discos. Prefiero esta versión tan personal por sobre cualquiera que tenga que ver con un atraque a punta de cuchillo. No. No me gusta.

Luego un familiar de mi amigo, en un viaje, se topó con un drogo que desesperado le vendió el estuche, para salvar la noche.

Después la fantástica colección llegó a manos del suegro de la hermana de Ricardo, a quien mi amigo cambió por unos zapatos −la colección, no su hermana− que me describió como: "esos zapatos mariguaneros, no sé si los cachai".

Escuchamos música todo el día. Yo quede completamente sorprendido ante la adquisición de mi amigo. Me grabé algunos discos en el computador, obviamente no todos los que hubiese deseado. Recién cuando nos despedíamos me di cuenta del dolor del francés.

Ochenta discos se deben traducir como tu vida completa. Sabemos que los discos no son sólo discos. Creo que yo aún lloro cada disco, cómic, dvd o libro extraviado, aunque creo tener conciencia más o menos de dónde estarán. Pero perder toda tu discoteca debe ser tu propio infierno mudo. Si yo fuera ese muchacho odiaría Chile con toda mi alma. Si una discoteca es tan buena como para no dejarla en tu casa mientras vas de paseo al fin del mundo es porque realmente descansa toda tu existencia en ella.

Finalmente quiero pedir públicas disculpas al muchacho francés por haber disfrutado tanto de su colección de discos extraviada. Sin duda que si su vida se refleja en esta música debe haber tenido una vida fascinante. Quiero también sugerirle que no se preocupe, sus discos quedan en buenas manos. Ricardo es un melómano igual que yo y sabrá cuidar muy bien de cada uno de esos discos, de esas historias, de esos pasajes, de esas vivencias. Y yo tendré en consideración todo esto cada vez que tenga acceso a tamaña discoteca.

PS: De paso quería informarle que aquel zorrillo animado de la WB y el tal Jaques Costeau le hacen flaco favor a todo su país. Y agradecerle rotundamente si es que es cierto que aquel sutil y placentero acto que nosotros denominamos con vuestro gentilicio en femenino es invención de su tierra. (No lo pude evitar).

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