3 de septiembre de 2005

El CONACE es Puro Cuento


Hace un año, más o menos, el CONACE (V Región) realizó el concurso de relatos "Las Drogas no son puro Cuento", en el cual gustoso y excitado participé. Me gané una "Mención (des)Honrosa" que significaba un CD de un grupo de Hip Hop local y un libro del poeta (?) Oscar Castro (quien se encontraba dentro del jurado) y la publicación del cuento junto a los ganadores y todas las menciones honrosas en un libro que llevaría el nombre del concurso, parte que más me emocionó del premio. Sin embargo, el libro nunca se publicó.
Hace un mes nuevamente vi los anuncios de lo que ahora sería "Las Drogas no son Puro Cuento 2" y al buscar las bases del concurso descubrí que prometían "al igual que nuestra primera versión del concurso, una nueva publicación con los textos seleccionados". ¿Cuál es la idea de mentir a los jóvenes? Ya me aburrí de mandarle mails (algunos amistosos, otros ofensivos) al Señor Conace, quien insiste en ignorarme. Luego de eso caí en una profunda depresión y pese a nunca haber probado ningún tipo de estupefacientes, ahora soy drogadicto. Cocainómano y marihuanero. Muchas gracias CONACE por elevar tan eficientemente el número de jóvenes frustrados en este país. Pero no me extraña en lo absoluto de una institución que no logra nada, cuyos empleados justifican sus sueldos organizando falsos concursos de cuentos y recitales, sin atacar el problema de frente.

El cuento es el siguiente.

REMOTO CONTROL
Es como ver un video, definitivamente. Algunos sucesos parecen ir en slow motion. Otros parecen ir en fast forward. Algunos otros parecen vivir una disputa constante entre ambas categorías. Play. Pause. Así es cómo la distancia (tanto cronológica como emocional) me permite entrar en un laberinto digital de remembranzas, de experiencias personales. La perspectiva de quien se sienta en su sillón, frente al televisor a ver un video, sin saber apreciar el límite difuso entre la ficción y la realidad: cosas de la cinematografía.
PLAY.
Primero: yo (o una figura fantasmal de lo que pude haber sido yo). Segundo: o el mundo era incomprensible o yo era incomprensible para él. Tercero: Ecstasy de Lou Reed sonando en la radio. Cuarto: el Marcos con la pequeña bolsa posándola bruscamente sobre un viejo mueble. Quinto: la delicadeza nívea penetrando por nuestras narices. «Es buena» alcanzo a escuchar decir a Marcos, mientras sonríe y se jala una línea. Todo se vuelve más rápido.
REWIND.
Todo va hacia atrás.
PLAY.
Yo en la esquina esperando algo, hace algún tiempo. Llega La Tía: mi dealer. Tres mil pesos a cambio de tres reducidos paquetes. Mariguana/paraguaya/prensada. Alguna vez me dijeron que La Tía pateaba el contenido de estos paquetitos de papel con comida para cachorros. «Nueva mitología urbana» pienso. Siguiente escena: Una fiesta (bien hippie) de esas en que te sientas en el suelo, a conversar y a escuchar a Los Jaivas y otros intérpretes de pelo largo y chalecos de lana, de esas reuniones donde siempre termina dándose vuelta algún vaso de vino. Donde nunca falta la guitarra y esas canciones que se repiten una y otra vez, casi por inercia. Fumábamos un pito tras otro. A las cuatro de la mañana nuestro reloj anímico nos mandaba a dormir. En una perspectiva panorámica: éramos volados piolas, que sólo queríamos vivir un poco. Mis amigos y yo amábamos la mariguana. Nada más era necesario, era ella la única que nos daba la comprensión que el raciocinio del diario vivir nos negaba. Mis amigos se quedaron ahí. El Marcos y yo, en cambio, dimos el paso: no cambiamos a la yerba, sólo incursionamos con afanes conquistadores a otros territorios: sustancias, pastillas, inyecciones, cocciones y polvos (y cocktails, claro).
PAUSE.
El mundo se congela. El que fui yo en ese entonces no se parece en nada al yo que ahora mira en retrospectiva.
STOP.

Lo bueno de haber caído por un precipicio y haber seguido con vida es que tienes la experiencia. Puedes contarla, puedes escribirla. Para algunos, es estrictamente necesario tocar fondo para darnos cuenta de cuan fuerte y excesiva ha sido la caída.
Recuerdo esa fría noche. Yo frente al espejo, o una difusa imagen de lo que pude (alguna vez) haber sido yo. Miro incrédulo mi reflejo: es extraño. Mi rostro es distinto, cambia a cada segundo. Alcanzo a ver cada una de las grietas que aparecen en mi piel, cada una de las canas. El tiempo escapando a mil por hora. En cosa de segundos soy demasiado anciano: excesivamente arrugado y encanecido. De golpe vuelvo a ser el yo joven de ese entonces, frente al espejo. Veo cómo mi ojo se escapa del agujero y se resbala por mis pómulos. Cae al lavamanos. Lo recojo, «es más grande de lo que pensé» me dije. Esta escena es muy difícil de olvidar, las sustancias, muchas veces, te hacen perder el control sobre la realidad. La realidad no existe cuando estás drogado. Mi ojo en mis manos.
Luego de haber estado frente al espejo del baño viendo cosas incomprensibles me voy a la pieza. Veo al Marcos tirado en el piso, floto por los aires y llego a su lado: lo veo cada vez más pequeño. Lo recojo con mi mano izquierda y lo dejo sobre la cama. «¿Qué cresta hiciste, Marcos?». Su nariz sangra, su boca vomita, está pálido.
La mariguana me tranquilizaba, el éxtasis me volvía frenético, la cocaína me violentaba: en ese entonces era como un furioso y malcriado rottweiler. Día por medio llegaba con el ojo en tinta y con los nudillos rotos a la casa.
Para drogarse, para ser drogo, hay que tener dinero, no hay duda: todos mis ingresos eran para comprar drogas (y haces cualquier cosa para conseguir ese dinero), toda mi vida era a cambio de cocaína (mi regalona), heroína o pastillas con logos de autos.
El Marcos estaba tan pequeño que lo metí en mi bolsillo y lo llevé al hospital: sobredosis. La vida entera puede ser una sobredosis. Lo abandoné en la puerta de la clínica, como lo vi en una película. «El Marcos murió» me dijo su hermana al teléfono, llorando, culpándome, semanas después.
Si existe algo peor que la adicción es el período en que necesariamente debes olvidarte de ella: rehabilitación. No hay nada peor. La angustia. Primero: desde convulsiones y alucinaciones (como escuchar al Marcos culpándome de su muerte desde dentro de mi velador) hasta los insufribles tropiezos a los que debes enfrentarte. Luego: recuperar a tu familia, buscar nuevos amigos, cambiar tus hábitos y recuperar tu vida.
Siempre me pregunto por qué tuvo que morir el Marcos para que yo me diera cuenta de las cosas. ¿No me bastaba con J. Hendrix, J. Joplin, J. Morrison, R. Phoenix y tantos más? Sería ideal haber tenido el control remoto durante toda la película. Rebobinar la cinta hasta antes de entrar al maravilloso Drugs World, cuando el Marcos existía. Ahí apretar STOP. Luego EJECT, y botar ese condenado film. Devolverlo al club de video, «no, esta película no es para mí. Quiero arrendar otra». «Esta película ya la vi, y no me gustó para nada». Stop, play, pause, rewind, fast forward: el orgullo de tener, en tus manos, el control.

Daniel Hidalgo U.
mayo - 2004

2 comentarios:

Alvaro Bisama dijo...

oye, daniel. dos cosas. uno: el poeta se llama gabriel castro y está a años luz -yo diría varios wormholes- de ser oscar castro. dos: la letra esta muy chica e inhibe la lectura. fuera de eso, el cuento está bueno. saludos.

a.

Daniel Hidalgo dijo...

Toda la razón. Un breve y curioso lapsus. De todas formas, para que quede claro, el imbécil al que me refiero es GABRIEL CASTRO. Y tomaré en cuenta el tamaño del font.
Gracias!

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