25 de febrero de 2008

Festival



Lo mejor que puedes hacer en la época del festival de Viña del Mar, es salir en busca de un bar para tomarte unas cervezas. Luego, cuando te envalentones más, pasar a unos combinados de ron barato con Coca Cola, seguir con unos vodka naranja (es el trago gay-clase-media por antonomasia, pero es rico y te embriaga sin darte cuenta), y terminar callejeando un vino en caja ,en vaso de plástico, con algún compañero improvisado. De paso puedes molestar a la mesera de cada bar por el que pases hasta que te echen de cada uno; rayar, con tus llaves de la casa, los autos que estén estacionados; y enroscarte en una pelea de universitarios fuera de una disco de tendencia fascistoide -o sea cualquiera-. Siguiendo este esquema, y aún tomando las libertades que estimes conveniente, siempre llegarás a casa a encender el televisor, mientras te acuestas, para alcanzar a ver lo mejorcito del festival de viña, que suelen dejarlo para el final, cuando ya pocos están viendo televisión –la gente que no trabaja, por ejemplo–.

Pese a todo lo chanta del certamen, me gusta el Festival de Viña. Porque pareciera que Chile entero se idiotiza sin vergüenza por una semana, nos sentimos hollywoodenses, inventamos una industria del entertaiment, y un modo de vida que jamás ha existido. Un glamour picante que no deja de ser sabroso. Incluso tarados como yo, que intentan preocuparse de la música que el evento involucra y hablar de ello, quedamos marginados por intelectualoides y patéticos.

He ido al Festival como público un par de veces. Me agrada el sabor provinciano y chabacano de asistir al evento, el folclore urbano llevado a su máxima expresión, a la galería eso sí. Ir más abajo (a platea o a palco) me parece menos productivo y más aburrido que ir al estadio a ver un partido de fútbol. De lo mejorcito que he visto desde la galucha ha sido Kudai, aquella bandita teen, el año pasado, porque encuentro que se trata de un producto (en cualquiera de los sentidos de la palabra) magistral: no hay nada más perfecto que atormentar adolescentes que ya deben estar deprimidos, pero no tanto como para dejar de cantar canciones y sentirse identificados con ellas, y además pedirle a sus padres que les compren los discos, las poleras, las láminas para el álbum y los lleven a los conciertos. Por supuesto, los padres no se niegan y lo hacen de inmediato, todo por consentir a sus hijos y evitar cualquier conversación profunda sobre su tendencia pesimista. Siento que en Kudai, si bien hay cierto olor a mierda de boy band, se hace un gesto tremendo que es el de cruzar el campo hacia donde están cosas como el Radiohead noventero, algo de gótico light, de trash, de glam, de punk adolescente. Una maravilla por donde se le mire y sin par en ninguna parte de latinoamérica.

También vi desde la galucha, "el sofá del pueblo", una de las presentaciones más fomes de Chancho en Piedra, mi banda chilena favorita de mi infancia, y un año antes fui a Babasónicos para darme cuenta de que el fuerte de estos argentinos no son los escenarios, sino que los videos y los camarines, mucho menos después de tres horas aguantando a Ráphael-de-España y a tanta vieja chillona. ¿Qué más? Vi a Maná cuando pequeño, fui con mi padre, en 1994. Eran la versión mariachi y mamona de The Police, al año siguiente vinieron Inner Circle y Big Mountain y los rastas salieron del closet en este país tan bueno para fondearse. Pero claro, ese año los rastas estaban con Maná (¿?).

Para mí el festival tiene cierta importancia pop particular y deforme, como toda buena cultura pop. Cuando estoy borracho suelo jugar a "estuvieron en Viña un día" y los nombres y recuerdos son ciertamente muy graciosos: Boney M, El Símbolo, King África, Comanche, Nika Costa, Backstreet Boys, El General, El General que canta, Juan Antonio Labra, Lou Bega, Pancho y la Sonora Colorada, E O Tchan, Sandy y Papo. Prefiero quedarme con ellos antes de ponerme a llorar por Faith No More, a quienes no vi ni en televisión y, para entonces, prefería mil veces a Gloria Trevi.

¿Qué se puede hablar con cualquier persona en la época del Festival de Viña? Tal vez que la situación del país está reflejada por la calidad de los artistas que traemos al Festival. O recordar aquél auge e importancia que tuvo el certamen en dictadura, o cuando se lo expropió Televisa en esa estrategia que llevó a cabo a través de Megavisión para conquistarnos mediáticamente al igual que hizo con México, e incluso conversar sobre que, en realidad, afuera, en el extranjero el Festival no existe, no lo conocen. ¡Pero qué va! Siempre es lindo idiotizarse, y hablar cualquier huevada, y aunque no nos guste, el Festival termina siempre transportándonos a la infancia, a la familia, a lo que fuimos, y a lo que somos como sociedad.

5 comentarios:

Ernesto Guajardo dijo...

¡An-tor-cha!, ¡an-tor-cha!,¡aaaaannnn-toooooooorrr-chaaaaaaaaaa!

Pame la B dijo...

te faltó nombrar en "estuvieron en viña un día" a las minas brasileñas que cantaban "bom chi bom bom bom bom bom", y que una de las locas se sacó la xuxa cuando entró al escenario!!!
jajaja
no me acuerdo el nombre...en fin
un beso y pasa por mi flog!!!
también le hice un homenaje al festival.
besos

Daniel Hidalgo dijo...

As Meninas.

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La Gran Arcada dijo...

cada vez que me enfrento a la basura televisiva que alcanza su cenit durante ese festival comienzo a tararear "lu-ni-ta, da-me pla-ti-ta" y vuelvo a sonreir, no hay indignación, no hay verguenza ajena, sólo ese coro, quizás el coro más oreja de la historia.

o del ilari ilari ilari é... CHU-PA-LÓ!

o de Faith no More, algo que aún no me logro explicar.

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