16 de abril de 2008

Pisagua (cap. 2)

−Algún día seremos considerados mártires.

El que habla es César Mendoza, ex general (imagino, a estas alturas) de Carabineros de Chile y uno de los pocos que confió en mi palabra, aunque más guiado por su aversión a los rotos marxistas. Su rostro está demacrado, tal vez más que el mío. No creo en lo que dice, éste es un país de cobardes. No hay mártires, ni héroes: sólo cobardes. También lo fui, en cierta forma, pensé que si obedecía a los ricos y poderosos al menos me protegerían, me conseguirían aliados, me ayudarían a limpiar mi imagen posteriormente, no sin poner en sus riendas a nuestra patria otra vez. Nada. No hicieron nada, sólo dejarme como un milico bruto que se quiso tomar el poder. “El golpazo” le llamaron en la prensa, alguien me lo comentó. Tampoco pensé en el hecho de que la mayoría de los militares no son más que unos pungas cuyos familiares deben estar embobados con los discursitos de Allende. Mendoza estaba de cumpleaños ese día, el once, pensó que no habría mejor regalo que dejarle torturar a una decena de upelientos, pero apenas nos pusimos en camino a la casa de gobierno se topó con todo el cuerpo de su división en contra. Lo encarcelaron y lo humillaron, como a mí. Y nos trajeron a este sitio que es de lo más raro, aunque terminas acostumbrándote. Al menos me he esforzado por hacerlo.

−No ha vuelto a temblar. −dice Mendoza.

−Tampoco se escucha bulla. −respondo.

−¿Por qué no estamos esposados?

−Supuestamente es la hora de almuerzo. Aunque no he sentido a nadie trayendo esa mierda que nos dan de comer.

El resto de los prisioneros están dormidos. No hay militares, lo que es demasiado anormal. Mendoza me mira y me insita a salir por medio de un gesto arrogante. ¿Qué arriesgamos? Algunos golpes, algunos insultos, algún castigo, a lo más nos tiran al pozo dentro de la cueva…

Salimos de la casa oscura que las oficia de celda.

Lo que hay afuera me deja estupefacto. Están todos los soldados, todos con sus uniformes intactos pero sin sus armas. Esparcidos en el piso, entre la arena, convertidos en esqueletos. Sus cuerpos están completos, pero con los hocicos abiertos, como si un grito desgarrador hubiese sido su último actuar. Pisagua se llama este lugar y no logro entender las cosas que aquí suceden.

6 comentarios:

Ernesto Guajardo dijo...

¡Esto se pone bueno, señores! ¿Qué seguirá?

Está bueno esto de un relato por entregas, es como el folletín moderno (sí, sí, dicho solo en referencia a la forma, a la modalidad, no al contenido).

Buceo Táctico dijo...

Gracias Daniel por tus felicitaciones al compañero. Se las daremos. Estamos revisando tu blog. saludos.

Buceo Táctico dijo...

Ah! Daniel, se nos olvidaba... en el taller también estamos dos mujeres, la flor y la libe... sólo por si aca....

Daniel Hidalgo dijo...

Lo tengo claro... si no, no dejaría saludos.

Anónimo dijo...

Dani, te sigo, está bien buena la historia.

Daniel Cardona

last citizen dijo...

gracias daniel! espero que me cuentes que te parece la novela cuando puedas leerla.
saludos!

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