26 de noviembre de 2010

Lavín y la revolución televisada




Con bombos y platillos se anunció una vez más una reforma educativa, porque parece que en el tema de educación no puede estar más la escoba. La siguiente columna realizada por nuestro profe, reflexiona sobre esa "revolución que no se hará en las calles, sino en las aulas" y el rol que está jugando el ministro de educación.



Estaba planeando alguna forma linda e inteligente –y decentemente elaborada, claro– de iniciar todo esto pero no di con ninguna, así que he optado por el camino simple y lanzaré, así tal cual, la idea que quiero pasar a descascarar en las líneas que sigan a este párrafo: el Ministro Joaquín Lavín no tiene la menor idea de educación.

Ya pensaba en esa frase cuando asumió su cargo, y la seguí pensando cuando arremetía contra los colegas profesores por los malos resultados de la prueba SIMCE, lo mismo cuando tiró –como idea propia, a pesar de que ya se planteaba desde el gobierno anterior– lo de las becas para futuros docentes, pero por sobre todo recurría a mí esa vocecilla sentenciadora el pasado domingo, mientras veía al Presi en cadena nacional, anunciando la revolución que sería la reforma educacional que pretende llevar a cabo.

Porque está claro que lo que hemos observado en este primer año con la derecha gobernando ha sido la re-simbolización de ciertos conceptos claves para el imaginario de la identidad nacional. Caballitos de batalla que cojean por el nulo manejo que se tiene del sentido original, hablamientos propios de un "Zafrada" habitando un lenguaje que le resulta esquivo y en el que destacan la idea de reconstrucción y solidaridad tras el terremoto; el bosquejo de heroísmo tanto en el caso del Mundial de fútbol como en el rescate de los mineros; y, recientemente, la revolución y la batalla para referirse a la reforma educativa que impulsará el señor ministro. Revolución corearon hasta hoy los representantes del oficialismo, batalla ha twitteado incansablemente @sebastianpinera y aplicando RT su vocera @enavonbaer.

Es por esta razón que cuando Joaquín Lavín asumió su cargo, se instaló en un sitial de poder que le resulta tremendamente incómodo, porque no sólo se transformó en la cara visible de un sistema –el educativo– que ha patentado su fracaso en nuestra historia reciente sino, y como lo mencionábamos al inicio, por su desconocimiento de la acción pedagógica que, en un afán tincadísimo a más no poder, le hace reinventar la ingeniería educativa con su propio lenguaje, que además comparte con este nuevo gobierno: cifras, promesas y espectáculo.


La educación, entonces pasa a ser esa revolución televisada, el siguiente acto del circo mediático, el nuevo producto retórico rentable del gobierno de Piñera, el cual ha demostrado tener un don natural para poder manipular cualquier tipo de tragedia con el fin de conseguir alzas en las encuestas, siendo francotiradores capaces de lanzar bombas mediáticas confusas pero llenas de demagogia simplona mes a mes.

Lo primero, entonces, que hace este prometeo del libremercado es desmarcarse de los gremios, anular la figura del docente y simplificarla a la de un obrero mecanizado, servicial y carente de participación, cual cajero de McDonalds. Luego, reconstruir la educación desde las estrategias empresariales: educar es generar buenos resultados, altos puntajes para la PSU, rendirle dinero al país, y comprometerlos desde ya a endeudarse no sólo con el Estado los primeros años de estudio, sino derechamente con el banco privado el año de egreso. Ni hablar de cultura, de educación cívica ni de relaciones humanas. Chao historia y ciencias sociales. Aumentemos los números para crear expertos en la calcular acciones y el lenguaje para vender pomadas como ejecutivos.

Acrecentar las desigualdades es otro de los lemas de esta revolución, fabricando liceos Copeva “de excelencia” que cubren porcentajes absurdamente inferiores de la población, que además discriminarán bajo criterios de selección, mandando a las pailas la idea de la integración: porque en su mayoría los buenos terminan estudiando en buenos liceos y los malos, en malos.

Esta revolución, además, permite instalar dinámicas empresariales en los liceos y escuelas: despidos, jerarquías administrables, oferta y demanda, preparando el camino a la verdadera utopía que hay detrás: transformar a la educación en aquel gran negocio rentable por el que la derecha babea.

De eso se trata esta batalla. Una revolución llevada a cabo a espaldas de los verdaderos expertos en el tema, los profes y la comunidad educativa. Una revolución en la que los únicos líderes son los tecnócratas, los políticos y los empresarios. Una revolución que no sólo busca la figuración en los medios, tal estrellas de farándula, sino que, lo peor de todo, seguirá anulando los sueños de nuestros hijos, convirtiéndolos en los verdaderos mártires de esta revuelta cimentada en la ignorancia sobre el ejercicio de educar.

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