12 de abril de 2011

Crítica a "Canciones Punk" por Raúl Roblero


Raúl fue mi alumno por algún tiempo, cuando recién empezaba yo a hacer clases. De ahí en adelante nos hemos contactado por la virtualidad de internet. Se mandó una buena crítica sobre "Canciones punk para señoritas autodestructivas" y mis glándulas sudoríparas (?) en su blog, y la replicamos por acá.



Cuando escupes al cielo ya sabes lo que pasará
Por Raúl Roblero Ríos

El primer encuentro con el profe Hidalgo fue en la República Independiente de Playa Ancha. Era uno de esos típicos colegios de clase media que como tal aspiraba a ser de excelencia; un colegio de la clase media tradicional, resabios del plan burgués de 1789. Lo único que recuerdo del profe es que sudaba demasiado, no recuerdo más porque era un típico estudiante de clase media y como tal me importaba un pepino el futuro. Condoro más un rojo menos daba igual pues, al fin y al cabo, seguía teniendo la comodidad de mi clase, el hacer nada que nos brinda el endeudamiento de nuestros esforzados padres – por eso creo que en el colegio siempre estaba en la pitilla, pues tengo el gen del deudor.

No hay que pensar que lo anteriormente dicho es una mala forma de comenzar este comentario, para nada, lo anterior tiene mucha relación. El libro de Hidalgo es aquello: una historia de la formación identitaria, una autobiografía de las calles estrechas hediondas a pichi llamadas Valparaíso, un rechazo brutal al arco iris de múltiples colores, una descripción fidedigna de la estatua tercer mundista del negro Farías instalada en la plaza más representativa de lo que es esta ciudad.

Hilvanando las letras de Canciones punk para señoritas autodestructiva se me viene a la memoria la única imagen que recuerdo del autor en mi edad escolar –que botaba agua como cascada- se vuelve a repetir: un tipo que suda grasa saturada eliminando en su libro el saturamiento que nos regala la UNESCO, un tipo sudando cuentos que nos llevan a lo más cotidiano de nuestro vivir como porteños, un tipo sudando resistencia a la imagen de un valpo estático, de un valpo lindo, del valpo patrimonial.

Además de recordar aquella característica del vocalista de Matilde Calavera, ahora me entero de lo que realiza en el trono, ya que esto, queridos lectores, el libro que acabo de leer, les advierto que es una ¡mierda de libro! pero una “mierda sana” – palabras dedicadas a los “envidiosos buena onda.” La obra de Hidalgo es aquella mierda productoras de un goce orgásmico, es la hamburguesa del Mc Donald que al comer en grandes cantidades nos lleva al SAPU por estar padeciendo de un infarto a la cuchara; el libro de Hidalgo es toda droga consumida que nos intuliza el pene, es el chimbombo que nos hace vomitar después de un viernes santo, es el restaurante chino pasado a fritanga donde se puede comer todo lo que se desee por no más de siete lucas –otra aspiración de mi clase, llenarse con lo que más se pueda-; en fin, este disco –como lo llamó el propio autor- es esa feca que observamos antes de irse por el torbellino, es algo que no queremos dejar ir, porque eso nos identifica, nos llena de placeres que para otros son desentendidos. Porque en las callejuelas de los cerros también creemos que la felicidad es un invento del capitalismo, la felicidad es algo que se vende en el Shopping de viña, porque en el verdadero –si es que hay uno- Valparaíso no hay tiempo de pensarla, y esa es la gracia, la felicidad no se piensa, la felicidad es lo que te trae el devenir y éste no existe pues es impensable. Esas cosas sólo se dan.

Valparaíso se mueve entre la pobreza y la casi no pobreza, entre la miseria y casi la no miseria y lo único que nos separa son cuotas más cuotas menos. Quizás, mirando desde otra perspectiva, nos equivocamos al analizar nuestro puerto con la lupa de las clases ya que para escapar en algún grado de la miseria que nos rodea sólo se ocuparon balsas llenas de credititos bancarios y con esto deviene la amenaza de los últimos días pudiendo esta ocurrir en cualquier momento. Eso es valpo: una ciudad al borde del colapso.

Así que si te da una migraña al odiarte porque no le pudiste enseñar a contar a un brocacochi más de tres y tienes miedo de que por tu error en cualquier momento sea seleccionado por Darwin: consume este veneno, pues al consumirlo te volverás inmune a la miseria que te rodea, y así podrás lanzar risotadas a la realidad.

1 comentarios:

Ila Al-walad dijo...

Wena Daniel!!

Felicitaciones por tu nuevo libro! Mucha suerte y saludos!!!

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