18 de febrero de 2013

Bomba de humo



Queda poco. Será el primer día de marzo y ya no podré fumar nunca más en un bar. Pienso en eso –mientras fumo en la oscuridad, leo un artículo sobre Margarita García Robayo en internet y miro de reojo las fotocopias llenas de anotaciones de El Guión de McKee que quedaron sobre el escritorio– y siento que los locales me traicionan. Que todos me traicionan. Soy fumador porque me gusta fumar y ese primero de marzo será mi propio fin del mundo. Me pregunto si todas las leyes fueron escritas en contra mía. No me gusta cómo funciona esta sociedad y tengo que bancarme sus modos de vida por obligación legislativa. Me respondo que las leyes son escritas en contra de todos.

Pienso en esos matices extraños que toma la noche a las tres de la mañana y en cómo será esa hora en el bar o disco de turno en donde me quede averiado, insensibilizado y automatizado, sin esa mejor compañía que ha resultado ser el cigarrillo, sin ese amigo a prueba de todo que se queda en tu brazo frente a los fracasos y las victorias sin chistarte nada. En esa hora en que ya me he cansado un poco de interactuar con todos y prefiero mirarlos –mientras tarareo e intento seguir el pulso de lo que suena– desde algún costado, desapareciendo, aspirando y escupiendo humo, anotando mentalmente sus movimientos, imaginando sus pensamientos, profetizando cómo acabará cada uno de ellos. Me consuela el que, al menos, siempre creeré que soy libre cuando me siente a escribir, como ahora, esquivando la neblina del cigarro en mi boca.

En la Feria del Libro de Santiago del año pasado, conocí a Julián Herbert (autor de la brillante novela Canción de Tumba) y resultó ser un tipo increíble. Creo que sus palabras se han transformado en una especie de vaticinio en todo esto. Me contó que en México, su país, hace unos años ya corre la nueva ley de persecución a los fumadores y que eso solo ha enriquecido la experiencia de fumar: la gente empezó a hacer más fiestas en casas, se abrieron nuevos locales para bailar y conversar, mientras se bebe y se fuma de forma descontrolada en las azoteas de edificios.

Ni idea de qué voy a hacer: quizá dejar de salir, adiós a la sociabilidad, encerrarme en casa, cambiar los modos de vida, rebelarme, dedicarme a vivir la noche en la calle. No sé. Me cambian las reglas del nefasto juego y analizo todo a regañadientes. Fue el cigarrillo el que me hizo más sociable, soy un fiel creyente en que guarda una relación extraña y hermosa con tu cerebro, te hace pensar y ver las cosas desde un ángulo distinto.

Lo he dicho, fumo de niño y me hago cargo de todas sus consecuencias y me importan poco: fumar fue casi lo único que pude elegir en la vida. A ver cómo sigue.



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