23 de diciembre de 2013

Texto de presentación "Operación Betulio" de Luis Valenzuela Prado

Me gustó muchísimo este libro, lo presenté el pasado sábado en la Furia del Libro. Les dejo acá el texto que dejé sin título alguno.

Fresno, el protagonista, personaje principal o narrador o voz o espíritu o cómo guste llamársele de “Operación Betulio”, tiene sueño. Parece un detalle pero en realidad es lo que moldea la novela completa, cierta filosofía en vigilia, cierta política trasnochada, cierta ideología sonámbula. Fresno cabecea, bosteza, se duerme –y no sueña– para despertar de golpe tras unos segundos, en esta jornada que termina siendo la arquitectura de la historia: Fresno está en un camión lento cuyo plan es salir desde Santiago con destino al norte. Santiago, Los Vilos, La Serena, Vallenar, Copiapó, Chañaral, Antofagasta, Tarija… con un plan definido: rescatar a Betulio, o raptarlo más bien, convencerlo de que no se quede en Bolivia, traerlo de vuelta, boicotear su propio plan o su traición, que no busque su identidad, que se deje de tonteras. En el camión Fresno no está solo, lo acompañan Julia, una socióloga de un humor igual de tedioso que el de Fresno y con quién este ha pactado, o más bien aceptado, no tener ningún tipo de tensión sexual “Ya, huevoncito, te lo dejo clarito, nada de insinuaciones ni miradas babosas. Sin rollos entremedio. De lejitos no más. De lejitos. ¿Está bien?” le dice Julia en la primera página de esta historia, cuando lo agarra literalmente de las bolas, interrumpiendo su sueño a las 5 de la mañana. Y está además Maturana. El camionero. Un especial personaje que termina convirtiéndose en el motivo de estudio de Fresno. Un ser tan extraño como entrañable. Amante del silencio, de la carretera y de las rancheras.

Las rancheras. Me detengo en este punto. No tengo claro si “Operación Betulio” es o no una novela sobre carreteras, sobre la Panamericana, sobre las autopistas concesionadas, sobre viajes, sobre esa reinvención posmoderna de las aventuras de idas y venidas. Road Movies. Road Histories. Lo que sí sé es que en ese camión, así como en esta historia, de fondo siempre suenan rancheras, a mal sintonizar o mal grabadas en la radio de Maturana. Una ranchera monótona, una ranchera nostálgica, una ranchera cachera, una ranchera sobre un crimen pasional, una ranchera triste y patética, una ranchera con balazos de fondos. Porque los tres personajes de este camión, de esta historia, transitan en una zona en donde solo existen rancheras, asumo que Luis, el autor de esta novela, intuye que el lenguaje de la provincia de Chile es una ranchera, de norte a sur, y no solo de la provincia de Chile, sino que de las provincias de Latinoamérica unida, o separada, o concesionada, da lo mismo. En ellas confluyen la tragedia de esos espacios en donde si no se contaran en compases de rancheras, nadie sabría nada de lo que pasa. Los amores y desamores de un pueblo, sus sueños y sus tragedias. Recalco en la idea de la radio mal sintonizada, o silenciosa, o de canciones mal grabadas, porque a ratos “Operación Betulio” se nutre de esa narración, de ese relato, de ese lenguaje, de voces que aparecen, que no se oyen bien, que adornan el silencio, que lo borran.

Pero retorno al sueño y no porque yo tenga sueño ni porque la novela cause sueño en algún momento sino todo lo contrario, porque si hay algo que me ha gustado mucho de este relato es la destreza que muestra al hacer de ese estado somnoliento algo dinámico y divertido, lleno de reflexiones frente a las cosas más banales, de apuntes sobre el cabecear, sobre soñar y no soñar, de un espacio de autoconocimiento, de una política del tuto (“los sueños no son más raros que la vida real”), y de las observaciones del devenir propio de la carretera, lleno de momentos de mucho humor que no es humor blanco ni negro sino humor tedioso. El sueño, el cansancio, el mal dormir, es una ideología definida. Paso a citar (PÁGINA  37, 38 Y 39)


"El sueño va y viene.

—Muchacho, es algo intrínseco de un viaje en camión.

Cuando dormito, a lo lejos percibo el vaivén pausado del camión que me mece como a un niño, como a un niño flaco y grande. A veces en los sueños hay fuego, pero no ardiente ni endemoniado, sino acogedor.
Como el sol mañanero de lejitos. En ocasiones prefiero el primero, en el sentido de aprehender y acercarse a lo desconocido, a lo límite. Algo a lo que no estoy muy acostumbrado. Soy de los que piensan que es mejor irse a la segura y entibiarse. Dejarse llevar. Vaivén. El sueño va y viene.

—Despierta, Fresno.

Siempre sueño que me caigo de un piso. Es un sueño recurrente, incluso en cabeceos breves. Siempre
es un piso de mi infancia que estaba en mi casa, con patas de madera y una base amarilla. De una u otra
forma siempre me veo arriba de un piso, tambaleo y plaff, al suelo. No sé qué será. No soy un perito interpretando sueños, solo digo que se repite el piso. El dato objetivo. Qué puede significar eso. Aunque por ahora, no es lo que más me importa saber.

—Despierta, Fresno.

Como sueño de dormir, absurdo e inconciente, se me repite otro, no tan seguido como la caída del piso. A
veces me dan ganas de azotar mi cabeza en un vidrio y que estallen micropartículas, el asunto es que lo hago
en una almohada, como hacen los cobardes que prefieren azotar sus cabezas en sus almohadas y no en los vidrios como quisieran. Almohadas de plumas o esponja barata, blandas, requisito esencial para azotar cabezas cobardes cuando no se quiere azotar en vidrios reales. Azotar mi cabeza contra mi almohada, una imagen ralentizada que atenúe el golpe.

—Despierta, Fresno.

Hablando de sueños, de los otros, no los del dormir, esos que en inglés se dicen “dreams” y no
“sleeping”, portugués “sonho” y no “sono”. Julia está loca. Mire que construir una república independiente
en Arica. Segurito. Lesa. Loca. Soñadora.

—Despierta, Fresno.

Cuando estoy despierto a veces conversamos, otras veces observo la carretera y su exacerbado gris oscuro, casi negro. Me entretiene jugar con la cabeza mientra miro el camino, seguir con la vista las líneas blancas de la carretera. Líneas blancas largas y entrecortadas, demarcando nuestra ruta y la de los demás buses, autos, camiones y caminantes que la recorren con diversos motivos y objetivos. Con distintas manías y obsesiones."

En algún momento, a Maturana se le pregunta “¿Y en qué piensa cuando viaja?”, a lo que este en una frase no muy distinta a las que enuncia anteriormente responde “no sé”. Solo eso. “No sé”. Maturana lleva tantos años siendo camionero que se ha convertido en un camión. En un hombre carretera. Y es que así se estructura “Operación Betulio”, así es el viaje de Fresno, Julia y Maturana, por una zona indefinida, en tránsito, carreteras, restaurantes y bares de camioneros, con sueño, tedio, desgana. De Betulio ya no nos importa nada, porque lo que importa es este viaje, porque como dice por ahí, en el relato, son los viajeros
de verdad los que parten por partir.


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