12 de enero de 2014

Texto de presentación de "Lluscuma" de Baradit en Feria de Viña

Ayer estuvimos junto a Sergio Amira presentando "Lluscuma", la última novela de Jorge Baradit, en la Feria del Libro de Viña, que ahora es internacional y tiene un montón de cosas interesantes tanto en los stands como en las actividades. Dejo el texto de mi lectura de esa "Lluscuma".




Hay una guerra fuerte en las calles
Ven a verlo, hermano, y no te calles
[Panteras Negras]

Me interesa la ficción porque en el fondo habla de otra cosa. O me interesan esos ejercicios en que hablando de algo, se está hablando de algo más. No sé si siempre es premeditado, me da la impresión de que no y de que es inevitable, además. De niño, cuando descubrí, gracias a un profesor del liceo que murió hace un par de años, ese monumento que es Cien Años de Soledad, de García Márquez, me obsesioné con su lectura, pero más allá del puño de García Márquez, me afiebraba la cantidad de pie de páginas, que tenía al menos esa edición, una de portada celeste con una ilustración bien cuma, como de calendario, en el medio. Eran tantas esas notas al pie que en algunas hojas habían más indicaciones y referencias y explicaciones que la propia teleserie de los Buendía. Esas notas, por supuesto, eran claves, rutas, pasadizos, portales interdimencionales entre realidad y ficción, andamiaje, interactividad. Porque Cien Años de Soledad, a ratos, es un juego de rol y García Márquez lo más cercano que tenemos a un Tolkien latinoamericano.

Con los años, con las lecturas, ya no necesité tanto de esos pie de página para leer otras cosas, la mayoría equivocadas, rollos míos reflejados en los libros. Como si le hubiera sacado las rueditas a mi bicicleta, como si pudiera yo mismo, con lápiz en mano, anotar mis propias notas en el borde de las páginas. Pienso en ese otro monumento que es Respiración Artificial de Piglia, en donde todo el rato está hablando de otra cosa, de una historia que es la historia de Argentina y de la argentinidad, una argentinidad pigliana -o borgiana-, y creo que Lluscuma, la novela que nos convoca esta noche tiene mucho de eso. Al igual que en Respiración Artificial, Lluscuma parte de una premisa: una historia familiar secreta. Fernando Camargo, un joven que abandona lentamente, como todos, la adolescencia recuerda a su abuelo con una admiración y cariño pleno. Su memoria está construida de escenas borrosas llenas de afectuosidad, el abuelo es en cierta forma una proyección de sus anhelos, a diferencia de cómo construye a su padre, de quién duda constantemente su lazo genético. El asunto es que algo pasa, Fernando descubre un documento sobre un episodio que el Poder esconde y desata una catástrofe, esa memoria se ve invadida por nueva información: Camargo, el abuelo, era un agente de la DINA, que avalado por la dictadura cometió las más nefastas y cobardes atrocidades.

Una segunda capa, una capa que ya puede ser reconocida como baraditiense, ¿baraditiana?, ¿baraditosa?, tiene que ver con el Caso del Cabo Valdés, ese espectáculo csi fi que los ideólogos de la dictadura, confabulados con los medios de comunicación, nos prepararon para distraer a Chile de esas formas siempre espectaculares, en los años más dolorosos de nuestra historia viva. Baradit baraditiza la cosa, Valdés fue abducido, fue clonado, se le está quemando el cerebro, tiene un tajo en la espalda que se le hizo con una espada, habla con una entidad superior, celestial, a través de una frecuencia, sabe un gran secreto que nadie más sabe.

Memoria y conspiración se funden en Lluscuma, porque en el fondo Jorge Baradit habla de eso. La teoría que soporta este libro es punk y desgarradora. La dictadura en Chile es exitosa, tan exitosa que no nos damos cuenta de que sigue respirando, segundo a segundo, cito: “hay una guerra allá afuera y nadie lo sabe”, dice en alguna página. Así, con la excusa de una novela de aventuras, de fantasía y conspiración, se habla de Chile, del Chile actual, del Chile de la postdictadura –como chorrearía un paper académico de la Universidad de Chile– o de la hiperdictadura como versaría el posmodernismo más radical e iluminado. Chile al abismo de un caos secreto, tapado por capas de realidad ficticia, como lo hacen efectivamente los nuevos ideólogos del mercado confabulados con los medios de comunicación, un Chile cuya única oportunidad de ser descubierto parece ser a través de la subversión mapuche, las machi tecno, y la magia en las que Baradit deposita su esperanza.

“El exiliado siempre regresa a un mundo que ya no existe y descubre que solo es ciudadano de su memoria”, dice también en Lluscuma. Memoria, cuando se habla de los desaparecidos. Memoria, cuando se habla de un aparato represor que planifica cada segundo de los sometidos. Memoria, cuando se habla de un Chile secreto, de un pasado nebuloso que quieren sepultar. Pero además, me interesa profundamente cómo Baradit trae esa memoria al presente -como si alguna vez la memoria hubiera perdido su lazo con lo contemporáneo, con lo que somos, como si fuera un cáncer extirpado-. La construcción el espacio urbano, al modo flâneur moderno, con ese situacionismo punk, de cómo se apropia el espacio público tiene un punto crucial, con este Fernando y su compadre revolucionario Mako y la fantasmal Sole, aún jovenes y con ganas de caminar por Santiago, su Santiago. Paso a citar:

Con el Mako y la Sole salimos al balcón a respirar la plaza Ñuñoa. La calle Irarrázaval es un ecuador raro, un muro de Berlín invisible que separa las schoperías y los completos con estudiantes y mediopelos, de las tapas y el vino de veinte lucas que se morfan los arribistas en ese búnker cuico bajo tierra que se fabricó el alcalde. Seguro que esos mandos medios ñuñoínos, ningún gerente, mucha 4x4, van a comenzar a hablar de «ir a plaza Ñuñoa norte», para diferenciarse de tanto picante tragacompletos. Gentrificación cuma de una plaza que hace veinte años tenía Las Lanzas, una feria de artesanía y el mejor tráfico de marihuana de la zona sur. Viva el modelo, compañero. El Mako es un amargado de mierda. Me dice desclasado, me molesta, me pregunta si ya me fui a armar mi mediagua anual para lavar culpas, que cuándo entro a un Techo para Chile y qué mierda hago siendo amigo de ellos, cuando uno no se hace amigo de sus mascotas.

O cuando, en este Chile en donde pareciera que el peligro es parte del pasado, se ven nuevas formas de resistencia, una clara cita al vegetarianismo:

Yo quiero mantenerme limpio, quiero dejar de sentir que soy una máquina de moler pedazos de cadáveres que camina, digiriendo todo el rato. Quiero comer solo semillas, que están hechas para ser comidas por el embrión, como los huevos; quiero comer flores que son genitales de colores, porque les regalamos genitales de colores a nuestras madres y novias. Siento los kilos de carne pudriéndose en las vejigas dentro de mi cuerpo. Quiero dejar de relacionarme con la saliva, la orina, la caca y todos esos fluidos que pasan por nuestra boca y los sudores. Quiero dejar de ser una mandíbula que muele pedazos de muertos, que deglute y procesa muertos, mientras avanza dejando atrás una estela de inmundicia donde hubo flores y animales. Quiero ser limpio, ligero, ágil, transparente como un ángel hasta desaparecer.

Así, Lluscuma me entusiama. Me entusiasma mucho, porque es una novela sobre Chile, sobre el Chile en el que vivo, en el que vivimos, es una novela molotov, un manual de destrucción que no pela el cable con el retoricismo ordinario y culposo que adoraría la academia, sino que toma la acción, la diversión para presentarnos a un espejo trizado justo frente a nosotros.



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2 comentarios:

Zirijo dijo...

No sé si sea relevante para el texto de presentación, pero quería agregar que la primera versión de Lluscuma, la leímos en el diario, los sábados por La Segunda. En cierto sentido, Baradit usó al enemigo y sus medios, para ofrecernos un flashback en el formato de novelas, esas que aparecían en el diario, para refrescarnos la memoria a los que no nacimos en esa época. Baradit nos obligó a salir de nuestras casas semana a semana, para poder leer un capítulo más de lo que ahora re-editado, re-fabricado, re-organizado, sale como libro tradicional. Nos obligó a leer en las calles, plazas, parques, o en donde encontráramos el diario en esas mañanas, que por lo demás, muchas de ellas tenía una caña de los mil demonios, que ayudaba a digerir el texto hardcore, gore y ponzoñoso del genio.
Eso en realidad quería aportar, que no solo en el contenido Baradit nos sorprende, sino que también en el formato.
Saludos.

Zirijo dijo...

No sé si sea relevante para el texto de presentación, pero quería agregar que la primera versión de Lluscuma, la leímos en el diario, los sábados por La Segunda. En cierto sentido, Baradit usó al enemigo y sus medios, para ofrecernos un flashback en el formato de novelas, esas que aparecían en el diario, para refrescarnos la memoria a los que no nacimos en esa época. Baradit nos obligó a salir de nuestras casas semana a semana, para poder leer un capítulo más de lo que ahora re-editado, re-fabricado, re-organizado, sale como libro tradicional. Nos obligó a leer en las calles, plazas, parques, o en donde encontráramos el diario en esas mañanas, que por lo demás, muchas de ellas tenía una caña de los mil demonios, que ayudaba a digerir el texto hardcore, gore y ponzoñoso del genio.
Eso en realidad quería aportar, que no solo en el contenido Baradit nos sorprende, sino que también en el formato.
Saludos.

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