19 de febrero de 2014

Superventas

Rescato esta columna de 2010, que apareció en Revista Grifo.



La anécdota tiene como espacio la casa de mi abuela en el cerro Playa Ancha. Casa que más tarde se transformaría en “nuestra casa” y, finalmente, en la casa que abandoné para lanzarme a vivir la vida o lo más parecido a aquello. Casa que en esa infancia exquisita resaltaba por un objeto particular que me hacía pensar en que ese sitio no conformaba un hogar sino un espacio secreto digno de profanar para terminar con la inocencia de niño. El objeto era un librero cargado de libros. Una biblioteca personal en la que compartían esos libros gigantes con miniaturas de elefantes de loza con billetes reales enrollados a sus trompas y ekekos con cigarrillos consumiéndose en sus bocas ficticias.

Mi abuela solía cazar libros al menos una vez a la semana. Iba a las librerías de viejo a hacer trueques y comprar nuevas adquisiciones. Al llegar a la casa, se jactaba de haber conseguido un best seller: “mira, es best seller” decía, mostrándolo, orgullosa. A veces, esos libros, así lo anunciaban en sus portadas, como si se tratara de una raza extraña de papel, sobrevivientes de una guerra mercantil y merecedores de medallas de victoria. De este modo, se pasearon por ese antiguo estante los numerosos títulos de Agatha Christie. O esa máquina de hacer novelas y seudónimos que es Victoria Holt (sólo una de las múltiples identidades de Eleanor Alice Burford). O el maestro de las conspiraciones científico-políticas Ken Follett. Pero no sólo eso sino que también era posible encontrar a Truman Capote, o a Joseph Conrad, compartiendo lugar con los clásicos universales, los contemporáneos, los latinoamericanos, las fundacionales chilenas. La Odisea. El Quijote. Drácula. Cien Años de Soledad. La Muerte de Artemio Cruz. Don Guillermo. Casa Grande. Un canon anómalo guiado por el instinto de encontrarse con las preferencias de la gran masa lectora, el mercado y la oferta. Es por esta razón que pienso que, previo a hablar de aquella raza literaria que nos enseñan a odiar tanto la academia como los circuitos cultos de lectura, debemos dilucidar una gran interrogante ¿Qué es un best seller?

Partamos diciendo que para que exista un best seller o un superventas es necesario que pensemos en una dinámica centrada en el mercado, en los libros como objetos de consumo, en bienes materiales accesibles a través de la transacción monetaria. Pensemos de igual forma en aquello denominado la industria del libro, en casas editoriales multinacionales, en librerías, en ferias del libro, en editores, diseñadores, publicistas, encargados de prensa. Pensemos en el libro y no en la literatura. En todo aquello que Karl Marx patentó como fobia tanto en Manifest der Kommunistischen Partei como en Das Kapital. Pensemos en que Das Kapital es también un best seller. Concluyamos en que se trata no solo de aquellos libros más vendidos según los rankings semanales, mensuales y anuales, impulsados por fuertes campañas de difusión, publicidad y distribución, sino que de aquellos emblemas que se encuentran en la mayoría de los hogares de nuestro país, quizá por el fácil acceso que se tiene a ellos, quizá porque el canon académico y el de las lecturas obligatorias en los colegios y liceos, no dejan otra alternativa.

Sabemos que siempre hay alternativas.

Quienes hemos ejercido la pedagogía en el área de Lenguaje y Comunicación, sabemos el peso de las llamadas “lecturas obligatorias”. Un canon articulado por una institucionalidad definida, inflexible, y confabulada con la industria editorial. Una lista de autores y obras que se manifiestan en los planes y programas del área de Lengua Castellana y Comunicación para cada curso. ¿Con qué nombres nos topamos allí? Isabel Allende, Hernán Rivera Letelier, Carlos Cuauhtemoc Sánchez, Richard Bach, Antonio Skármeta, Luís Sepúlveda, José Luís Rosasco, Enrique Lafourcade, toda una gama de autores juveniles superventas como Jordi Sierra i Fabra o David Sedaris y, por suerte, otros nombres más imprescindibles como Cervantes, Shakespeare, Manuel Rojas, Unamuno, Vargas Llosa, García Márquez, Neruda, Mistral o Kafka. Insisto, nuevamente en la condición de imprescindibles de éstos últimos, y por ende, inevitables en la conformación de lecturas para cualquier ciudadano chileno.

La disposición de este canon se articula bajo los mismos criterios que una casa editorial tiene para lanzar publicaciones de autoayuda: cada libro debe ser leído porque significa una enseñanza para la vida, porque tras su lectura seremos mejores personas y, cosa aparte, iremos mejorando nuestro vocabulario, al mismo tiempo en que nos entretenemos. Un mero artefacto práctico y funcional, acá no hay placer estético, ni reflexiones, ni análisis de códigos culturales, ni crítica, ni nada no productivo.

Sin embargo, es pertinente resaltar el valor que estos libros tienen como objetos capaces de aproximar el libro al “lector promedio”, “lector esporádico”, “lector iniciático” o “lector temeroso”. Porque son libros que están, libros que circulan, y, más aún, libros que son pensados en un lector, para un lector, sin prejuzgarlo ni idealizarlo.

Por esta razón, la idea del lector como ente central, es que en realidad nos encontramos con dos clases de best sellers: aquellos que son los más consumidos porque la tradición cultural así lo ha querido y aquellos que lo son porque responden a un modelo que rara vez falla como producto consumible. En ambos casos hablamos de literatura, dejemos atrás las categorías y discriminaciones infundamentadas.

Retomando la idea de Marx en lo pertinente a la cultura, el panorama capitalista en su afán de privatizar y transformar todo en un objeto de mercado, ha sido también capaz de articular desde esta intención los productos culturales. Es una obviedad, lo sé. Es por esta razón que con los libros y particularmente los best sellers, sucede algo similar a las parrillas de música en las radios, en donde conviven productos como Britney Spears, Jonas Brothers o RBD –construcciones industrializadas pensadas desde el consumo, para el consumo– con artistas de la talla de Bob Dylan, Led Zepellin, The Beatles o The Clash y, por qué no, con Violeta Parra o Mercedes Sosa. A pesar de su intención artística inicial, todos son partes de la dinámica de la mercadotecnia.

Por esta razón es, entonces, que podemos encontrarnos en el último tiempo, con libros elaborados con la idea de llegar a la masa y de batallar directamente en las listas de los más vendidos de la semana. Tienen un método, un modelo que rara vez fracasa, tal como la canción pop. Enumeremos: la categorización específica en un género determinado, ya sea thriller, policial, fantasía; una técnica narrativa que privilegie la sucesión de eventos (diálogos y descripciones breves, cercanas a la cinematografía); informaciones técnicas sobre el tema al cual refiere (ciencia, secretos de estado, historia del arte); larga extensión, guiado por su valor comercial, y por la cantidad de tiempo que el lector dedicará al libro.

Negar que una canción pop es arte, así como el valor literario de un best seller es tonto. Tal como hemos visto en la historia socio-cultural, estos objetos nos dan una buena perspectiva de los tiempos en que fueron producidos. No es raro, entonces, que en la década que acaba de esfumarse, los títulos globales que más hayan vendido hayan sido aquellos relacionados con las conspiraciones del Poder, tomando en cuenta de que los Estados Unidos se encontraban bajo la presidencia de Bush y en mitad de una guerra. Así como tampoco debemos dejar pasar por alto la fuerte demanda que tienen los libros de autoayuda, en una sociedad deprimida, sin sentido, y en busca de una constante liberación externa.


Por supuesto que mi abuela compró el Código Da Vinci de Dan Brown, y por supuesto que los primeros libros que leí, después de los comics de Superman, cuando descubrí que quería leer el resto de la vida, fueron los de Isabel Allende y Hernán Rivera Letelier, pero por ellos llegué también a Gabriel García Márquez, y a Mario Vargas Llosa, hasta dar con Jorge Luis Borges y así descubrir que hay libros para todo y para todos. Insisto con la idea del superventas, son libros que piensan en el lector, en un lector que nace en la misma época con ellos, y que con suerte los abandonará para pasar a leer otras cosas, pero de eso depende una serie de cuestiones. O el azar.

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1 comentarios:

Raimundo b dijo...

bacan tu analisis de los best seller
y encuentro importante que destaques el labor que hacen ellos introduciendo a las personas a la literatura.
el otro día leí fahrenheit 451 y me di cuenta que tal vez algún día ya no existan libros, y cualquier medio de hacer que las personas lean es valido, mas en estos tiempos en que la tecnologia esta matando el tiempo y las cabezas.
ojalá pueda pillar tú libro y dedicarle el tiempo que merece.

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