Voy a ser cool y voy a empezar con unas ideas de Foucault. En
Vigilar y Castigar, al referirse al suplicio que implica la pena de muerte en la sociedad, lo reconoció como "parte de un ritual" que se centra en dos ejes discursivos: el primero de ellos centrado en el condenado. En él, el suplicio "está destinado, ya sea por la cicatriz que deja en el cuerpo, ya por la resonancia que lo acompaña, a volver infame a aquel que es su víctima; el propio suplicio, si bien tiene por función la de "purgar" el delito, no reconcilia; traza en torno o, mejor dicho, sobre el cuerpo mismo del condenado unos signos que no deben borrarse", y muy cercano a este punto también se encuentra el de la repercusión que tiene la sentencia en la sociedad, "la memoria de los hombres (...) conservará el recuerdo de la exposición, de la picota, de la tortura y del sufrimiento debidamente comprobados. Y por parte de la justicia que lo impone, el suplicio debe ser resonante, y debe ser comprobado por todos, en cierto modo como su triunfo".
A raíz de la brutal violación y secuestro de la niña de cinco años, Francisca Silva, por parte del colectivero Juan Saavedra en Valparaíso, los medios han resucitado a un zombie eterno y fantasmal: la pena de muerte, para instalar una idea de justicia que parecía de otro tiempo. Obviamente el discurso cala hondo en la sociedad, acrecentando la ira e incluso contando con su
propio grupo de Facebook con ya casi 3.500 miembros. Curioso, dado a que el mismo padre de la pequeña ha insistido en pedir cadena perpetua y en ningún momento se ha referido a la pena de muerte.
Claramente, lo sucedido es horroroso. Una cicatriz que nos marca como país y que estará presente en nuestro recuerdo por mucho tiempo más. Pero evidencia también un país que cimenta sus bases en el odio y las fobias de carácter social. Los diputados de la UDI Marcelo Forni, María Angélica Cristi, Alejandro García Huidobro, Felipe Ward y Javier Hernández, pensando obviamente en estas fechas de elecciones, activan una campaña de sangre en los medios, y se tiran la genial propuesta de reactivar la pena de muerte. Puro aprovechamiento populista y barato, facho. ¡UDI style!
Tal como la horca en la Edad Media y el Renacimiento, acá la sentencia de muerte no es más que otro de los shows del poder, un escarmiento mediatizado, al clamor de las masas, escondido tras una idea de justicia muy primaria. Un acto que, tal como los sacrificios, estabilizan a la sociedad, les hacen recuperar un orden, y las involucran a punta de un ejemplo de castigo, al control necesario.
Saavedra no es un monstruo, es un enfermo, un desquiciado si se quiere. ¿Es la muerte la que nos restituirá como sociedad? ¿Nos sanará el dolor? ¿Devolverá a Francisca a su familia? ¿Nos sentiremos más seguros si el tipo muere? Disculpen si mi mala memoria me falla, pero creo que nadie habló de pena de muerte cuando el carabinero Miguel Canto Camus asesinó de un disparo en la cabeza a un niño de 11 años en Pudahuel, en octubre del 2007, es más, fue condenado sólo a 5 años. Chile es un país en donde se violó, se torturó y se mató en dictadura, incluso a menores de 14 años (lo indica el informe Prisión Política y Tortura en Chile, en su anexo "Menores de edad detenidos junto a sus padres o nacidos en prisión"). ¿Alguien dijo pena de muerte? La gran mayoría de esos torturadores y asesinos están libres hoy en día. ¿Por qué descansa toda nuestra sed de venganza y justicia en un violador y asesino y si gustan sumémosle pedófilo, que manejaba colectivos?
Lo siento, a mí me parece sospechoso. Cuando los medios instalan discursos como éste y la UDI los aprovecha y se despierta nuestro más oscuro fascismo como país. No me queda otra que desconfiar. No entrar en el juego. Pensar en la familia de Francisca, acompañarlos en su dolor y esperar que la justicia les devuelva la tranquilidad y paz que necesitan.