2 de agosto de 2011

Liceo en Toma


Escribo esto mientras descanso en casa. Aunque claro, ese “descanso” es demasiado subjetivo e incluso descarado, si se lo toman muy en serio. Básicamente, porque mis alumnos del liceo técnico comercial en el que estoy trabajando hace algunos meses, decidieron tomarse el establecimiento con el fin de sumarse a las acciones del movimiento estudiantil, esa masa hiper mediatizada -para bien o para mal- y de la que parecían no tener mayor participación en los últimos días. Por eso, a pesar de estar recostado sobre una cama, a la misma hora en que debería estar bajando del tercer piso, para ir a la sala de profesores en busca de algún material para la siguiente clase, creo estar de alguna forma con ellos, apoyándolos digo.


Para los medios, la pega siempre es fácil, pienso. Su dinámica no sólo es la de los prejuicios y la estigmatización, sino también la de los estereotipos, o lo que es peor: la de la generalización. Es por eso que me he hecho la idea de ese “movimiento estudiantil”, como un grupo lejano, distinto en muchos sentidos a las aspiraciones y pretensiones de mis alumnos. Aquellos chicos que “viven en el riesgo social”, como nos dicen los jefes en los consejos de profesores, o “los sopaipillas”, como ellos mismos se llaman a veces, a modo de burla algunos y de reconocimiento los otros, aludiendo a esos cortes de cabello, similares al de las estrellas de reggaetón.

Cuando una alumna se me acercó el jueves pasado, para confidenciarme que habían realizado una asamblea para convenir una toma, le pregunté por qué lo harían. Ella rió. Ante mi insistencia, finalmente respondió: “por la educación”. “¿Pero qué pasa con la educación?” continué algo burlesco, “por el lucro en la educación, profe”, respondió de golpe, como recordando la alternativa correcta frente a una prueba. Y es lo que me simpatiza de estos muchachos, el constatar que tras sus movilizaciones no hay instrucción política, no hay dogmatismos, ni militancias: sino más bien rabia. Porque ellos son la herida abierta de nuestro sistema económico, la evidencia del fracaso de aquello que llamamos sociedad, por eso ellos sólo reaccionan de forma instintiva, sin entender muy bien cuáles son las aristas de la estafa que significa la educación chilena.

El día viernes, los profesores llegamos a clases como cualquier día de semana, salvo por un detalle: el liceo había sido tomado durante la noche, los alumnos se encontraban apilados unos sobre otros, tal como las sillas y mesas delante de ellos. Estaban frenéticos, por decirlo de alguna forma. Porque pese a la demora, se habían sumado a esas nuevas formas de protestar -que nunca serán viejas, porque las hacen niños-, y estaban felices de ser parte de la historia. Esa historia que ahora iban a cambiar, porque ellos están seguros, es la primera vez que alzan la voz contra el mundo que les tocó vivir y su confianza es plena. Otra razón para estar con ellos, por estar lejos de los que ya vamos para los 30 años, poseedores de un pesimismo heredado y afianzado por estos años de democracia, en los que nos enseñaron que cualquier alzamiento social era condenado a tal punto que terminamos por dejar de exigir y asumir que nada lograremos cambiar. Así veía a mis colegas comentando la toma: “A ver hasta cuándo les dura”.

Ese día, los chicos habían cambiado algo para siempre en su mundo. Se despidieron de sus padres la noche anterior para rendir la más difícil prueba que se les cruzará en la vida: hacerse escuchar y cambiar el mundo, por cliché que suene. Sin embargo, nada de eso saldría en la televisión, en donde a duras penas, y ya no pudiendo silenciar lo evidente, canalizaron toda la problemática educacional en una cara: la universitaria. Cuando en realidad el problema más grave es todo lo que viene antes. No se puede regalar zapatillas para correr una maratón a quién no sabe caminar.

Mientras espero alguna respuesta -demasiado tardía- del gobierno a las demandas estudiantiles, desmunicipalización, ojalá, y mesas de trabajo en donde participen los poderosos de siempre, de seguro, pienso en esos chicos, mis alumnos. Ellos no necesitan más becas, ni cupos para la educación superior. Ellos necesitan una educación justa, la misma que reciben los niños de la familia más adinerada de este país, y eso se hace desde la básica y la media, no cuando ya fueron apartados de cualquier posibilidad. Es ese el problema real, es político, ideológico y económico. No podrá haber jamás una educación justa para todos, si continúa siendo uno de los mejores negocios, en una sociedad que vive justamente de eso: el bien de consumo y el lucro.

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